Joan Fontcuberta

(Barcelona, 1955)

La vía láctea, 2026

Glicée, impresión digital con tintas UltraChrome, papel Hahnemühle Museum de 350 g

La Vía Láctea: todo pasa bajo su manto.

 

El nacimiento y el ocaso, la respiración y la agonía, el sueño y las tinieblas, el amor y la destrucción, la ternura y el trauma, el tremor del gozo, las cosechas y las batallas...

 

Con una mirada poética casi cósmica, Pablo Neruda escribe Oda al laboratorista. En este poema, eleva la tarea del laboratorista al nivel grandioso de la epopeya,

mostrando como su esfuerzo es fundamental para enfrentarse tanto en la vida como la muerte. Un cíclope con \"un solo ojo eficiente\", alguien que con su

microscopio observa y descubre los misterios ocultos en aquello ínfimo: \"sangre, gotas de agua\". Su tarea se compara con la del astrónomo que estudia los astros,

caro en el laboratorio se encuentran \"planetas en movimiento\", \"entonces de hombre\" y \"estrellas malignas\". Su ojo atento es lo primero a ver la lucha entre la

salud y la enfermedad, y gracias a él, la humanidad puede defenderse de los \"monstruos circulantes\" que se esconden en cada migaja.

 

Neruda tiene en mente un laboratorio biológico, pero resulta fácil tomarnos la licencia de pensar también en el laboratorio fotográfico, el útero oscuro donde se

revelan las embestidas de la luz y la sombra. Porque el fotógrafo, también con un ojo de cíclope pareciendo, escruta la vida y la muerte bajo el manto de la Vía Láctea.

Más que el microscopio, es la cámara la que constata la salud del mundo y de su historia. El laboratorio fotográfico acontece entonces crisol de memoria, el lugar

donde la imagen queda como impronta del que hemos estado y contra que hemos luchado.

 

“Desapareceremos, habremos estimado, habremos arrasado Hiroshima y Gaza. La Vía Láctea seguirá parpadeando.”